La pierna ortopédica de Rimbaud, el último poemario del poliédrico escritor de Calatorao José Luis Gracia Mosteo, ha conseguido el máximo galardón del I Certamen de Poesía «Melaza» del Ayuntamiento de Salobreña. Dulce como el título del premio y la miel e irónico y punzante como el aguijón de las abejas que la fabrican, se compone de treinta y tres deliciosas radiografías poéticas en las que se escanea desde distintos ángulos la vida y la obra de otros tantos poetas, dramaturgos, novelistas, filósofos, bibliófilos, pintores, cantantes, cineastas... En suma, artistas de todo tipo, condición y época que, por distintas razones, se han constituido en los particulares «virgilios» del autor, verdaderos maestros para él de sus respectivas ar-tes, y en gran medida, si no en su totalidad, casi seguro también para la inmensa mayoría de nosotros.

 

La pierna ortopédica de Rimbaud es una decantación, o mejor aún, una lenta fermentación de su libro de relatos, El pintor de fantasmas, publicado en el año 2004. En él ya se encontraban muchos de los espectros artístico-literarios del presente poemario (desde el poeta maldito y la desgracia que le da título, pasando por Coleridge, hasta llegar al propio autor), pero también estaba su sentido del humor, a veces socarrón, irónico y malicioso siempre; su lenguaje preciso y contundente (como dice, le gustan las palabras «pesadas en balanza de joyero»), e incluso la intención última de la obra: realizar un viaje en busca del misterio de la escritura y la creación, descubrir el juego entre la apariencia de lo artístico y la realidad del mundo o viceversa, entre la realidad de lo artístico y la apariencia del mundo. Pero ahora, todo ello ha sido tamizado, cernido por el paso del tiempo y la necesaria contención y precisión requerida por el lenguaje poético.

 

A modo de irónica continuación de la Divina Comedia de Dante, Mosteo manda a su particular infierno a Lope, Góngora, Quevedo, Clarín, Gil de Biedma, José Luis Melero, Scott Fitzgerald, Villalonga, Eliot, al mismo Rimbaud e, incluso, al propio Dante. En el purgatorio expían sus pecados Coleridge, Browning, Gracia Oliván, Buñuel, Bloom, Saint-John Perse, Graves, Borges, Octavio Paz, David Bowie y Dylan. En el cielo residen Stevenson, Laforgue -su poeta preferido, al que dedica unos emotivos versos de corte autobiográfico-, Pessoa, John Ford, Enrique Urquijo, Jorge Noriega, Nietzsche, Schrodinger, Ricardo Molina, Luis Gracia y el mismo autor.

 

Con un estilo impresionista conformado mediante inteligentes pinceladas de erudición y un fino humor, constituido en su mayor parte a base de una sutil ironía, compone ba-ladas, odas, elegías, etc., en su mayoría poemas breves y de extraordinaria ligereza («siempre me han gustado los versos bien cortados [...] las imágenes audaces que rompen la realidad; la sinceridad descarnada o la mentira como arte»), en los que de manera magistral funde y resume biografía y obra de los personajes elegidos, con el fin de humanizarlos y si se quiere también de desmitificarlos de una manera divertida, a veces incluso un tanto guasona, y mandarlos al infierno por su excesiva afición a las mujeres (Lope); al purgatorio, por su necesidad de recurrir a las drogas para lograr la perfección (Coleridge); o al cielo, como Stevenson, que ya purgó sus pecados con su dolor en la tierra, por citar solo unos ejemplos.

 

También hay ciertos guiños cómplices a amigos personales, es el caso del erudito y bibliófilo zaragozano, José Luis Melero, al que condena acertadamente a la Eterna Biblioteca del infierno por su pasión desmedida por los libros, o poemas de corte autobiográfico, como el dedicado a su tío, «Balada de Ovidio Gracia Abarca», y el de su padre, «Elegía de Luis el oboe», un hombre que pasó de músico a labrador, que supo desaprender y le descubrió con su ejemplo de vida que la felicidad y quizá también el cielo radican en la sencillez y en la elección personal de tu destino.

 

No sin cierto sarcasmo, Mosteo se ubica en el infiernocielo de sus lecturas y escrituras, se desdobla en el fantasma, en el espíritu burlón de sí mismo que, como cualquiera de nosotros, zarandeado por los condicionantes de un mundo que no entiende, por el azar y el absurdo, solo encuentra en la escritura-lectura el punto de común unión con el resto de sus congéneres.

 

El libro se cierra con un último poema a modo de «Epílogo» dedicado al «Espíritu de Verón», poeta y fotógrafo de Calatayud, contrapunto poético del mismo Rimbaud, cuya pierna ortopédica se constituye en símbolo del precio de la libertad creativa y vital, del viaje y la aventura, del anhelo constante de nuevas experiencias, actitud que contrasta con la del escritor bilbilitano José Verón Gormaz quien, como Marcial o Fray Luis en sus respectivas épocas, ejemplifica esa otra forma de entender la vida y la poesía más calmada, equilibrada y serena a la que, si no mueres durante el tránsito, terminas arribando tarde o temprano. De alguna manera, en estos versos finales se resume la idea central del conjunto: en todo escritor, en todo ser humano se encierra un cielo y un infierno, entre los extremos de Rimbaud y Verón, hay un amplio espectro vital y poético del que bebe la poesía de José Luis Gracia Mosteo y se alimenta su existencia y seguramente también la nuestra. Al fin y al cabo, La pierna ortopédica de Rimbaud no es sino un intento de explicar la vida, el arte y la literatura de los particulares «virgilios» del autor que, como un nuevo Dante, ha viajado, viaja y viajará por el infierno, purgatorio y cielo de la mano de cada uno de ellos al sumergirse en sus obras, es el testamento irónico-poético de un lector irredento que nos explica su ser poético mediante el recuerdo-homenaje de las múltiples voces artísticas que reverberan en su propia escritura. −JUAN VILLALBA SEBASTIÁN.

 

José Luis Gracia Mosteo, La pierna ortopédica de Rimbaud, Ayuntamiento de Salobreña, 2018.

Nueva reseña de 'La pierna ortopédica de Rimbaud' en la revista Turia

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José Luis Gracia Mosteo con Luis Landero, Feliciano Llanas y Mario Crespo.

Fuentes:

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