La pierna ortopédica de Rimbaud (2018)

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Entre 1304 y 1321, Dante Alighieri imaginó el infierno, purgatorio y paraíso de un puñado de personajes en los treinta y tres cantos de su Divina Comedia. La pierna ortopédica de Rimbaud es su continuación, un agujero negro por el que contemplar a una galería de poetas, filósofos, pintores, novelistas, cantantes, bibliófilos, directores de cine e incluso el mismo autor, gozando o penando el merecido premio o tortura por haber vivido como lo han hecho; un paseo por el infierno, purgatorio o cielo de Lope de Vega, Robert Louis Stevenson, Bob Dylan, Fernando Pessoa, T. S. Elliot, David Bowie o Jorge Luis Borges; treinta y tres poemas que son otros tantos juicios rigurosamente irónicos.

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Selección de reseñas

2018 - Alhulia Editorial

Poemario

    Si José Luis Gracia Mosteo no existiese, habría que inventarlo. Es un tipo genial, divertido, dotado de eso que tanto escasea en nuestros pagos y que se llama en inglés wit, amigo de sus amigos, lector impenitente, humorista de hondura y, como tal, propenso a una melancolía muy creativa, estética y saludable. Tengo el placer y el honor de considerarme su amigo. Pocas personas han leído mis versos con la complicidad con que él lo hace. Yo intento corresponderle disfrutando como un enano de las aventuras del inefable inspector Barraqueta, una de sus creaciones más desternillantes e ingeniosas. Hay un escritor de raza en prosa y en verso en el interior de este aragonés de Calatorao, nacido para hacernos la vida más grata, más aguda y más chispeante.
    Como poeta, tiene varias voces, todas ellas personales e intransferibles, como le ocurría al maestro Pessoa. Una de esas voces, acaso la más honda, es la que se deja oír en estos retratos cuánticos, homenaje de José Luis a sus nombres propios favoritos. El que ocupa la casilla última no es otro que el propio Mosteo, cerrando el libro con un impecable autorretrato en el que afirma que es un aparecido, una especie de revenant de los que hablaba el Padre Calmet, quien escribe los versos del poemario. Antes han circulado por sus páginas el físico Erwin Schrödinger (el del gato que lleva su nombre, ejemplo celebérrimo de los interrogantes a los que conduce la mecánica cuántica) y algunos de los escritores más importantes de las letras universales, como Lope, Quevedo, Góngora, Coleridge, Borges, el citado Pessoa, T. S. Eliot, Stevenson o Perse, por citar tan solo algunos de los maravillosos escritores a los que se rinde tributo en este libro. El colofón es un recuerdo de la madre muerta clausurado por esta emocionante frase de despedida: “Hasta siempre, mamá”.
          Cada uno de estos retratos líricos supone una auténtica lección sobre los aludidos, que se muestran tan desvelados (por lo menos) como la Isis de Madame Blavatsky, y se ofrecen a la vista reinterpretados a golpe de sensibilidad, sabiduría e inteligencia por el autor del libro. En unos cuantos versos se nos dice lo mismo que podría comunicarnos el erudito de turno en una disertación de varios centenares de páginas. Esa es la magia de la intensidad, desplegada por José Luis en un lenguaje feroz y profundamente connotativo, como cuadra y conviene al gran poeta que lleva dentro. 
    Borges decía que se sentía mucho más orgulloso de lo que había leído que de lo que había escrito. Si no hubiese sentido esa pasión por la lectura, el escritor argentino no nos hubiese regalado, a buen seguro, una obra insuperable como la suya. José Luis Gracia Mosteo también se apunta al gremio de los lectores, pues es gracias a su compromiso con la lectura como ha llegado a escribir estos espléndidos retratos, por cuya superficie es tan grato discurrir con ojos asombrados y satisfechos.
    Solo me queda agradecer al infinito laberinto de los efectos y las causas la feliz oportunidad de asociarme a este libro con estas líneas preliminares.

Luis Alberto de Cuenca,
poeta y exdirector de la Biblioteca Nacional de España

 

...33 protagonistas que son interpretados por Gracia Mosteo con suma maestría e inteligencia, condensando en pocos versos la caracterización más destacada de cada uno de ellos que ha servido al autor para situarlos en ese cielo, infierno o purgatorio creado a modo y semejanza de la Divina comedia....

Fernando Carnicero,

El Periódico de Aragón

 

...El jurado ha valorado la especial sensibilidad de la obra, la profundidad de pensamiento del autor, así como la riqueza del lenguaje y de las construcciones poéticas...

Jurado del Premio Melaza de Poesía

 

La poesía de José Luis Gracia Mosteo huye de la solemnidad y no por eso es poco seria, sino más bien todo lo contrario. Es capaz de encontrar el tono preciso para contar lo que le preocupa y le interesa sin apabullar, escapando de solemnidades vacuas, sin creerse en posesión de una sensibilidad única o una voz particular, aunque las tiene. En apariencia, La pierna ortopédica de Rimbaud es puro juego, y lo es, pero no es solo eso.

Gracia Mosteo resucita al maestro Dante Alighieri y lo remeda en su particular bajada a los infiernos, en su paso por el purgatorio y en su subida al cielo. En esta ocasión, el poeta no va en busca de Beatriz alguna, aunque parece sentirse acompañado en su periplo por Pilar Mosteo Laborda -su madre, a quien dedica el libro in memoriam-, que lo "sigue mirando en silencio, doce libros después, y cuyo retrato atisbo en el espejo" mientras escribe.

Con La pierna ortopédica de Rimbaud, el autor nos propone un interesante viaje en el que, con total seguridad, nos cruzaremos con viejos conocidos, queridos fantasmas cotidianos que conviven entre las páginas de este poemario. Gracia Mosteo demuestra ser un lector empedernido que lee bien y atina con el tono preciso para recrear, a través de breves pinceladas, la esencia de cada uno de ellos. Es este libro un sencillo homenaje a la literatura, un encuentro pausado con los escritores que forman la particular constelación literaria del autor y a la que se suman otros personajes esenciales de su particular educación sentimental.

La pierna ortopédica de Rimbaud imita estructuralmente a la Divina Comedia -Infierno, Purgatorio y Cielo- y sigue la ruta de sus treinta y tres cantos a través de treinta y tres poemas (más un epílogo y un glosario de Fantasmas), cada uno de ellos dedicado a un personaje querido por el autor. Muchos son escritores, pero también hay críticos, músicos y directores de cine conocidos. La gran mayoría están muertos, pero los hay también que habitan su particular purgatorio en vida, como es caso de Bob Dylan, que se pregunta qué le queda sino "...dar vueltas / como Ulises, pero también como una cucaracha / que sabe que no es Penélope, sino la Nada, / quien, al final de su viaje, le espera".

Los habitantes del averno de Gracia Mosteo ya lo vivieron en vida. Con él visitamos los infiernos particulares de Lope de Vega (El infierno a medida de Lope), Góngora (Góngora se hace añicos) y Quevedo (El juicio final de Quevedo). Entre los habitantes de "la ciudad doliente", nos topamos, entre otros, con Clarín "ante el fuego eterno" de "España, con lo que esconde"; con Gil de Biedma al que el autor interpela y ruega: "si el tiempo es una rueda y somos polvo, / no gastemos, Jaime, ni un gemido". Y, cómo no, con Rimbaud y su pierna ortopédica porque "Dios niega a los poetas derrotados".

Gasta humor e ironía Gracia Mosteo en su tour por el Purgatorio. Allí coloca a Luis Buñuel, que "domesticaba ratas y leía / con devoción literatura rusa", a Harold Bloom al que le dedica el poema Bloom le roba la ropa a las musas, que se convierte en un certero alegato sobre qué entiende el autor por buena y mala literatura. También están en esta estancia intermedia Borges y Octavio Paz, Bowie, Dylan o el poeta inglés Samuel Taylor Coleridge -"que ha muerto y brilla en la niebla / de los siglos, pero anulado por la luz / de una estrella llamada Kubla Khan"- a quien dedica el poema Por qué Coleridge ignora que ha muerto.

A las puertas del cielo nos espera Robert Louis Stevenson -"¿Cómo admirar al ligero Aquiles, / si el infierno no te doblegó?-. En este paraíso reina John Ford, quien "...al ir al cielo / ocupó del buen Dios la vieja silla / mientras el Hacedor se hacía hombre / y bajaba, cual Ford, a hacer películas"; y en él encontramos a Pessoa, Nieztsche o Ricardo Molina. Y también al músico Enrique Urquijo, a quien el autor dedica el conmovedor poema Enrique Urquijo ve salir el sol de medianoche: "No podía creer que fuera él. No, ya no amaneció / más para su tristeza: un flash insano / iluminó su rostro en la lluvia; sentado en un portal, / un poeta buscó a Dios en el caballo".

El escritor no es un hombre sino una sombra que escribe por su mano, apunta Gracia Mosteo en Desintegración del autor, el poema 33 de su particular Comedia: "No soy yo quien escribe esto: / todos los escritores tienen un fantasma [...] No soy yo, sino el que mi mano guía, / azar, olvido, tiempo". Para él, el poeta es todos los hombres, cada uno de sus lectores, y abrir un libro supone el momento supremo de la resurrección, el instante preciso en el que el papel se hace carne.

M. Ángeles Robles,

Diario de Sevilla

 

LA RESURRECIÓN DE DANTE

Pintó Giorgio Vasari seis poetas:
dos sin laureles; con, otros cuatro;
cinco llevan cubierta la cabeza,
dos tienen un libro entre las manos:
Dante y Petrarca brillan como estrellas,
de Guido Cavalcanti acompañados; 
da Pistoia y Arezzo se contemplan,
con Bocaccio por Fiammetta abrasado.
Pintólos Vasari en una mesa
cubierta con un liso y verde paño,
pintólos entre libros y entre esferas, 
sospecho de lo que estarán hablando. 
No es Beatriz ni Laura en quienes piensan,
ni en Mandetta ni amor ni desengaños;
tampoco en la Toscana ni en Florencia,
ni en sus bellos campos y palazzos. 
Es en ti, lector, para que entiendas, 
en ti, que soy yo mismo y miro el cuadro;
es en quien al mirarlos los recrea
y al leer los está resucitando;
es en quien la vida les devuelva
y les saque del lienzo congelado,
es en quien les exhume de la tierra
y se torne en poeta al recitarlos.
Pintó Giorgio Vasari seis poetas,
lo hizo en mil quinientos cuarenta y cuatro,
hurtó sus rostros vagos a la hierba,
juntó lo que el tiempo no ha juntado;
pensó que la poesía es eterna, 
que los seis seguirán siempre charlando,  
seis que tienen tu edad y hablan tu lengua,
nacieron en tu casa y son toscanos.

 

Fragmento

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